Clásica, irreverente, ágil, deliciosa... La hija de Robert Poste resultó un éxito inmediato desde su publicación en 1932 y aún hoy está considerada una de las mejores novelas cómicas de la literatura inglesa. Un mítico long seller por el que deambula una galería irrepetible de personajes sometidos a las situaciones más dispares.
“Probablemente la novela más divertida jamás escrita”
The Sunday Times
SINOPSIS
Traducción de José C. Vales. Los padres de Flora han muerto y, a decir verdad, ella no parece demasiado afectada... excepto porque parecían más ricos de lo que eran. De acuerdo que la muchacha ha heredado la férrea voluntad de su padre y las soberbias pantorrillas de su madre, pero en lo que a bienes materiales se refiere no le han dejado más que una renta ridícula.
¿Qué va a hacer ahora nuestra huerfanita? ¿Ponerse a llorar como una histérica? No. ¿Trabajar de periodista? Ni hablar. ¿Y de apicultora? Menos todavía. Quizá lo mejor sea iniciar una carrera como parásita de algún familiar. Los Stardakker de Sussex se postulan como la opción más apetitosa: ellos tienen un punto rústico interesantísimo y viven ni más ni menos que en Cold Comfort Farm, allá en la Inglaterra profunda.
Allí topará con personajes imposibles, como el padre Amos, que en lugar de referirse a Flora por su nombre la llama «pobre pecadora miserable que te arrastras por el fango»; o Seth, que vive dominado por el despertar de su sexualidad; o la terrible matriarca Ada Doom, que quedó traumatizada la vez que «vio algo sucio en la leñera»... ¿Cómo se las apañará una representante de la frívola aristocracia británica ante ese hatajo de bichos raros? ¿Es posible poner un poco de orden en esa condenada granja?
FRAGMENTO
Capítulo 1
La educación que Flora Poste recibió de sus padres había sido cara, deportiva y larga; y cuando murieron, uno detrás del otro, en un período de pocas semanas debido a la epidemia anual de la Gripe o Peste Española—lo cual aconteció cuando Flora tenía veinte años—, la joven se reveló como poseedora de todas las artes y talentos necesarios para ganarse la vida.
Siempre se había dicho que su padre era un hombre acaudalado, pero cuando falleció sus albaceas quedaron desconcertados al descubrir que era pobre. Después de que se hubieran liquidado las deudas y se hubieran satisfecho las demandas de los acreedores, su hija quedó con una renta de cien libras anuales, y sin ninguna propiedad.
En cualquier caso, Flora heredó de su padre una férrea voluntad y de su madre unas pantorrillas soberbias. La primera no se había visto afectada porque Flora siempre había hecho lo que le había dado la gana, y las segundas habían logrado salir indemnes de los violentos deportes atléticos en los que se habían visto obligadas a participar. Aun así, comprendió que ni su voluntad ni sus pantorrillas eran las herramientas más apropiadas para ganarse el sustento.
Así pues, decidió quedarse con una amiga, una tal señora Smiling, en su casa de Lambeth, hasta que hubiera decidido qué hacer con su vida y con sus cien libras anuales.
La muerte de sus padres no causó en Flora un dolor excesivo, pues apenas los conocía. Sus progenitores tenían una afición desmedida por los viajes y, a lo largo de todo el año, apenas permanecían un mes en Inglaterra. Flora, desde que cumplió los diez años, había pasado las vacaciones escolares en casa de la madre de la señora Smiling; y cuando la señora Smiling contrajo matrimonio, Flora empezó a pasarlas directamente en casa de su amiga. De modo que aquella sombría tarde de febrero, quince días después
de que se hubiera celebrado el funeral de su padre, Flora se adentró en las calles de Lambeth, con la familiar sensación de quien regresa a casa.
La señora Smiling era afortunada, pues había heredado aquella casa de Lambeth antes de que los alquileres en ese distrito se elevaran vertiginosamente hasta límites absurdos, siguiendo la marea de la moda, que viró repentinamente y saltó desde Mayfair hasta el otro lado del río. En consecuencia, los parapetos de piedra que bordean el Támesis se convirtieron de la noche a la mañana en territorio de paseo de numerosas damas argentinas con sus perros bull-terriers. La señora Smiling había enviudado recientemente; su marido había sido propietario de tres casas en Lambeth y se las había dejado en su testamento.
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